lunes, 16 de mayo de 2011

La carencia del cielo

Una silla de ruedas se acerca, Stephen Hawking, con la ayuda de movimientos ligeros de sus ojos y cabeza, logra llegar a su objetivo, el estrado — “El paraíso después de la muerte es un cuento de hadas” — comunica la voz metálica.




“He vivido con la perspectiva de una muerte prematura durante los últimos 49 años” — dice, mientras que en algún rincón de su privilegiado cerebro, se asoma un terrible recuerdo: cuando le diagnosticaron a los 21 años  esclerosis lateral amiotrófica. El bicho ponzoñoso que se adentró a su sistema, comenzó a menguar el funcionamiento de las motoneuronas, células del sistema nervioso, lo cual genera su muerte. Corrompidas las piezas del engranaje, el motor comenzaba a detenerse, de a pocos, con la paciencia con que una araña construye una telaraña de más de 10 metros de radio, hasta que por fin, el movimiento suena tan lejano y antiguo como una película de Humphrey Bogart.

“Yo considero al cerebro como una computadora que dejará de funcionar cuando fallen sus componentes. No hay paraíso o vida después de la muerte para las computadoras que dejan de funcionar, ese es un cuento de hadas de gente que le tiene miedo a la oscuridad” — continuaba traduciendo la maquinaria —  Procede a resaltar la importancia de disfrutar de la vida y hacer cosas buenas — “No tengo miedo de morir, pero no tengo prisa por morirme. Es mucho lo que quiero hacer antes” — culmina.

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