Los “Drácula” históricos
Segismundo de Luxemburgo, rey de Alemania, Hungría y Bohemia, hacía su entrada en la ciudad imperial de Núremberg, hacía unos días había convocado a una Dieta, que al igual que las anteriores, se llevaba a cabo para discutir el peligro husita. El amargo sabor a la derrota lo perseguía desde 1420, sus últimas cuatro cruzadas habían resultado en terribles fracasos — Debo convencer a esta gente para que me de el dinero que necesito — pensaba, como intentando alentarse a sí mismo. Fue en esa visita que se topó con un noble rumano, llamado Vladislav II, pero prefería que le llamaran Vlad. Segismundo se encontró a sí mismo, después de unos años, nombrando a Vlad como caballero de la Orden del Dragón y lo envió a luchar contra los turcos.

Aún a pesar de la iniciativa que había mostrado en 1427, Segismundo sufrió una derrota, regresando, con las pocas tropas que le quedaban, de vuelta a Hungría, sus conquistas se perdieron y los turcos recuperaban las fortificaciones del Danubio. Ante el temor de una expedición represiva, Dan II, quien había sido vasallo de Segismundo, comenzó a pagar tributo al sultán; en las mentes del pueblo aquel acto le restó toda la credibilidad que tenían en él. La mala imagen corrompió a Dan II, a tal punto que el mismo sultán mandó a reemplazarlo en 1431 por Alexander Aldea, hermanastro de Vlad Dracul. En medio de ese caos fue que Vlad Draculea, más conocido como Vlad “el empalador” nació.
Tomando un palo de unos 3,50 metros de longitud, el príncipe de Valaquia, Vlad III, procedía introducir el objeto por el recto de sus enemigos, dejándolos postrados a vista y paciencia de cualquier otra amenaza, fuese interna o externa, a él no le importaba, todos ellos recibirían la tortura que merecían. En el campo de batalla, al menos unas 100.000 personas murieron de esta manera, o a través de otros métodos de tortura, a manos de los hombres de confianza del Empalador.
El odio y el miedo de sus contrincantes era terrible — Hay que acabar con este miserable — decía el Sultán turco Mehmed II, quien ideó una ingeniosa trampa: enviaría al encuentro de Draculea unos colaboracionistas griegos, en la facultad de embajadores, para citarlo así al puerto de Giurgiu, con el fin de solucionar el problema fronterizo. Al llegar los rumores a los oídos del Empalador, no hizo más que fingir caer en la trampa y presentarse en el lugar indicado, llevando incluso algunos presentes para el Sultán, lo que este último no imaginaba, era que Tepes había llevado también un pequeño grupo de caballería, el cual derrotó fácilmente a los turcos presentes. El vencedor procedió con el ritual, buscó de nuevo palos enormes, y una vez más castigó con una muerte dolorosamente lenta a los vencidos.
El éxito se le subió como espuma al cerebro de Vlad III, quien cruzó el Danubio y penetró en territorio otomano, donde derrotó a las tropas turcas. “¿Qué hacemos con ellos?” — preguntó un soldado — Tepes lo pensó ¿Cuál sería la mejor manera para desmoralizar al enemigo? — “A estos córtales las orejas; a aquellos, las narices; y al resto, las cabezas” — El 11 de enero de 1462 Draculea envió al Sultán dos grandes sacos con orejas, narices y cabezas de sus víctimas. El efecto fue inmediato: el terror se esparció como fuego en un tanque de gasolina, cientos de turcos en Estambul abandonaron despavoridos la ciudad por miedo a que fuera conquistada por Vlad. Enfurecido, Mehmet II respondió la ofensa con un ataque. Ese mismo año, con un ejército de 150.000 hombres y una flota que ascendió por el Danubio, el Sultán atacó al Empalador, quien no pudo evitar que los turcos ocuparan la capital, Târgovişte — ¿Acaso creen que me han derrotado? — pensó Vlad, su mente perversa no quería aceptar la derrota, por lo que se sirvió de estrategias como la guerra de guerrillas y la tierra quemada para enfrentarse al inminente avance de los turcos. A pesar de las victorias, a Vlad se le oponía la nobleza, que apoyó a su hermano Radu, hecho que no pasó desapercibido por Mehmet II, quien una vez en Estambul logró, que Matías Corvino encarcelase a Vlad III en agosto de 1462. Su mujer, la princesa Cnaejna, al leer el mensaje que le comunicaba la ominosa derrota de su amado, se arrojó a un afluente del río Argeş para evitar ser apresada, prefería mil veces que su cuerpo se pudriera y ser comida por los peces del río antes que ser apresada por los turcos.
El éxito se le subió como espuma al cerebro de Vlad III, quien cruzó el Danubio y penetró en territorio otomano, donde derrotó a las tropas turcas. “¿Qué hacemos con ellos?” — preguntó un soldado — Tepes lo pensó ¿Cuál sería la mejor manera para desmoralizar al enemigo? — “A estos córtales las orejas; a aquellos, las narices; y al resto, las cabezas” — El 11 de enero de 1462 Draculea envió al Sultán dos grandes sacos con orejas, narices y cabezas de sus víctimas. El efecto fue inmediato: el terror se esparció como fuego en un tanque de gasolina, cientos de turcos en Estambul abandonaron despavoridos la ciudad por miedo a que fuera conquistada por Vlad. Enfurecido, Mehmet II respondió la ofensa con un ataque. Ese mismo año, con un ejército de 150.000 hombres y una flota que ascendió por el Danubio, el Sultán atacó al Empalador, quien no pudo evitar que los turcos ocuparan la capital, Târgovişte — ¿Acaso creen que me han derrotado? — pensó Vlad, su mente perversa no quería aceptar la derrota, por lo que se sirvió de estrategias como la guerra de guerrillas y la tierra quemada para enfrentarse al inminente avance de los turcos. A pesar de las victorias, a Vlad se le oponía la nobleza, que apoyó a su hermano Radu, hecho que no pasó desapercibido por Mehmet II, quien una vez en Estambul logró, que Matías Corvino encarcelase a Vlad III en agosto de 1462. Su mujer, la princesa Cnaejna, al leer el mensaje que le comunicaba la ominosa derrota de su amado, se arrojó a un afluente del río Argeş para evitar ser apresada, prefería mil veces que su cuerpo se pudriera y ser comida por los peces del río antes que ser apresada por los turcos.
Por razones desconocidas para la historia, Draculea fue liberado en 1474, su sed de sangre no se había menguado en lo absoluto, participando, junto al príncipe Esteban Bathory de Transilvania, en la batalla de Vaslui. Tras la gran lucha, Vlad logró recuperar su trono. Al poco tiempo, lanzó una campaña en contra de los turcos, con el fin de conquistar Valaquia, sin embargo, fue acorralado y asesinado junto con la mayoría de sus hombres — “La muerte no es suficiente para este monstruo” — pensaban las tropas turcas — “Hay que darle un castigo especial” — dicho y hecho, agarrando el cuerpo de Tepes, separaron de él la piel de su cara, junto con su cabellera, siendo tratadas como trofeo de guerra.

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