“La montaña te ha visto por fin, lo sientes no solo en el gorro de nieve, sino en el pecho de la mole, en las grietas donde, de modo increíble, el sol de mediodía no penetra, dibujando, al revés, líneas diagonales de sombra". Hoy dejó de existir, Carlos Eduardo Zavaleta se encuentra surcando en “El cielo sin cielo de Lima”, a pesar de sus 83 años terrenales, el otrora escritor peruano, se deja llevar como una pluma de gorrión en las fauces de los cuatro vientos.
“¡Yo soy caracino! Huaraz para nosotros es un pueblo malo, central, capital que se queda con todos los fondos que debería ir a la provincia. Por eso Caraz es siempre rebelde.” Exclama con convicción el escritor, quien recorre melancólicamente en los rincones de su mente, encontrando en cada esquina, un nuevo recuerdo, desde su infancia en Chimbote hasta su vida en San Marcos, sus viajes por el mundo como diplomático. Sus constantes viajes en la vida le permitieron conocer el Perú y a sí mismo. Se acuerda nítidamente de las escenas serranas que están en sus cuentos, el paisaje, la gente pobre, pero resistente. “Los ancashinos han pasado tremendos aluviones, peligros, terremotos salvajes. Son indestructibles” — asegura, mientras continúa rebuscando en los baúles del cerebelo.
Originalmente, cuando era joven, su vocación lo guió hacia los estudios en Medicina, a pesar de su gran empeño y sus formidables esfuerzos, los deficientes profesores y los laboratorios en pésima condición, lo hicieron tambalear al punto de que pidió a su padre dejar los estudios, mas este, con cara seria y el ceño fruncido, le dijo severamente que un hombre comprometido a algo debería cumplir su promesa vivo o muerto. Con gran pesar en su alma, arrastró las cadenas de la desdicha por dos años más, cuando al fin, con la ayuda de su hermano Aníbal pudo convencer a su padre que las condiciones jugaban en contra del ímpetu. Fue entonces que el cuasi científico, dándose cuenta de su cariño a la literatura, se enrumbó en una nueva travesía que no abandonó, ni siquiera en sus últimos años. De ese cariño a las letras fue que se engendraron obras del calibre de “El Cínico”, “El Cristo Villenas”, “Los íngar”, etc. Recibió a través de los años diferentes distinciones como el Premio Nacional Ricardo Palma, Premio de Periodismo Bausate y Meza, entre otros.
Lee mirando el mar, trabaja mirando el mar. “El mar fue mi primer amor” — dice este escritor peruano que nos ha regalado tantos cuentos para amar la sierra. Carlos Eduardo Zavaleta, al cumplir 80 años, sintiéndose bien a pesar de que sus glóbulos blancos llevaban a cabo una batalla contra los gérmenes del resfriado común, tiene ganas de seguir escribiendo. Acaba de publicar “Huérfano de mujer”, una novela corta que narra los avatares de la viudez. Él conoce esa ausencia. Rosa Ugarte, su Tita, se fue hace tres años.
Lee mirando el mar, trabaja mirando el mar. “El mar fue mi primer amor” — dice este escritor peruano que nos ha regalado tantos cuentos para amar la sierra. Carlos Eduardo Zavaleta, al cumplir 80 años, sintiéndose bien a pesar de que sus glóbulos blancos llevaban a cabo una batalla contra los gérmenes del resfriado común, tiene ganas de seguir escribiendo. Acaba de publicar “Huérfano de mujer”, una novela corta que narra los avatares de la viudez. Él conoce esa ausencia. Rosa Ugarte, su Tita, se fue hace tres años.
“No, la tengo aquí conmigo, en una urna porque quería ser cremada” — afirma algo cabizbajo — “¿Para qué tenerla en el cementerio? ¿sabes lo que sucede con un cadáver? Después de 48 horas solo hay gusanos en el cuerpo. Yo me niego a eso y también quiero que me cremen”. Las danzantes llamas del horno se encargan de concederle su gran deseo al escritor, su espíritu se levantará colosal, como un fénix, y se elevará hacia las estrellas, más allá de la estratosfera, más allá de la galaxia, más allá del centro del universo, allí donde su querida Tita lo espera ansiosa.












